En este artículo que constituye el No. 19 de sus Notas Metodológicas, el profesor Daniel Lahoud revalora la Edad Media, desmintiendo la creencia de que tal momento fue una época oscura o supersticiosa, para demostrar que el pensamiento económico moderno y la Ilustración escocesa tienen raíces profundas en la filosofía aristotélica y en los doctores escolásticos.
Aunque San Agustín aportó muy poco a la economía y Santo Tomás de Aquino tuvo una aproximación difusa lejos del subjetivismo puro, la verdadera evolución del entendimiento práctico comenzó con los escolásticos posteriores y el Derecho Natural. El primer gran revolucionario fue el franciscano francés Pierre de Jean Olivi, quien desmitificó la usura al llevarla al ámbito de la voluntad personal y justificar el cobro de intereses bajo los conceptos de capital, riesgo, perjuicio y lucro cesante; además, Olivi sentó las bases de la teoría del valor subjetivo y dignificó la figura del empresario —entonces llamado mercader— a través de las variables del trabajo, el riesgo y el conocimiento de su oficio.
Esta línea analítica se trasladó luego a Italia con San Bernardino de Siena y San Antonino de Florencia, alcanzando su cúspide en España con la Escuela de Salamanca, espoleada por el fenómeno inflacionario derivado de la llegada masiva de metales preciosos desde América. En este núcleo, Martín de Azpilcueta expuso por primera vez la teoría cuantitativa del dinero al vincular el alza de precios con la abundancia de oro y plata, señalando que el dinero vale más donde y cuando es escaso.
Por su parte, Luis de Molina y Diego de Covarrubias plantearon que el precio justo nace de la negociación libre y de la apreciación subjetiva de la utilidad y la escasez, y no de los costos de producción, el trabajo o la imposición de una autoridad, al tiempo que Molina condenaba los monopolios y Covarrubias alertaba sobre las devaluaciones monetarias de los gobernantes. Tomás de Mercado describió las variaciones en el poder adquisitivo del dinero según la región del imperio y defendió el mercado libre, mientras que Domingo Báñez ratificó que el tiempo de trabajo de un artesano no determina el precio de un bien y fundamentó la propiedad privada en el derecho de gentes para incentivar el orden social y la correcta administración. Asimismo, Francisco Suárez teorizó sobre la justicia fiscal, dictaminando que para imponer tributos se requiere autoridad legítima, causa justa y proporción debida, introduciendo la revolucionaria idea de que debía existir representación y conformidad de los súbditos.
Finalmente, Juan de Mariana cerró esta escuela de forma radical al afirmar que los reyes no son dueños de los bienes de sus súbditos, exigir la reducción del gasto público y defender el tiranicidio si un gobernante destruía la felicidad del pueblo; Mariana criticó duramente a Felipe III por el envilecimiento de la moneda de cobre, explicando con brillantez que el exceso de emisión deteriorada causaba inflación y describiendo de forma temprana la Ley de Gresham, donde las personas se apresuraban a gastar la moneda mala y guardaban la de plata.
Esta nota resalta que, aunque la economía no era una ciencia formal, los doctores escolásticos superaron a los filósofos antiguos porque se empaparon de la realidad práctica del mercado, buscando la verdad a través de la lógica, la deducción y la descripción de la inherente subjetividad humana.
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